sábado, 20 de septiembre de 2014

San Pedro de Arbués. Mártir

Que Dios nos envíe nuevos y valerosos defensores
que nos libren de los errores y engaños de los herejes.
"Todo lo puedo en Cristo que me fortalece" (San Pablo).

San Pedro de Arbués, nació en Aragón (España) en 1441.

Como tenía muy especiales cualidades intelectuales, sus padres lo enviaron a estudiar a la famosa Universidad de Bolonia, donde impresionó a superiores y compañeros, por la exquisita amabilidad de su trato y el rendimiento excepcional en los estudios.

Habiéndose graduado de doctor en ambos derechos, volvió a España y allá fue nombrado Canónigo o Monseñor de la Catedral de Zaragoza.

Fue encargado luego de defender la religión católica contra los herejes que querían enseñar doctrinas falsas. Estos trataron de sobornarlo ofreciéndole grandes cantidades de dinero si dejaba de oponérseles. Como no lo lograron, dispusieron matarlo. Varias veces se salvó milagrosamente de criminales atentados.

A quienes le aconsejaban que se consiguiera guardaespaldas, les respondía: "¿Para qué? Si muero asesinado, muero por defender la fe católica. ¿Qué mayor honor puedo esperar?"

Varios herejes se juntaron con los judíos más anticatólicos de Zaragoza y se propusieron atacar al santo cuando fuera a la catedral a orar. Sabían que cada noche entraba al templo y se arrodillaba por bastante tiempo a rezar.

Y el 14 de septiembre de 1485, estando él de rodillas orando devotamente, salieron los asesinos que se habían escondido en la oscura catedral y lo asesinaron.

Sus últimas palabras fueron: "Muero por Jesucristo. Alabado sea su santo nombre". El pueblo que conocía la gran amabilidad y la santidad de vida de este sacerdote reaccionó violentamente, y si no hubiera sido porque el Señor Arzobispo salió a las calles a defender a los herejes, esa misma noche los habrían linchado a todos en la ciudad.

El autor intelectual del crimen se suicidó en la prisión. Los autores materiales fueron sentenciados a muerte.

Inmensa muchedumbre acompañó al santo mártir en su funeral, y después en su sepulcro se consiguieron muchos favores de Dios muy admirables.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Santa Maria Emilia de Rodat. Virgen y Fundadora de la Congregación de la Sagrada Familia (las francesas)

Si la Revolución Francesa hubiese sido solamente un movimiento político, habría que buscar otro ambiente histórico para encuadrar la vida de esta Santa; pero a nadie se le oculta que si lo político tuvo verdadera importancia, lo social, económico y religioso no la tuvieron menor. Se derrocó, a costa de mucha sangre, una monarquía y un sistema de gobierno absolutista para dar lugar a una democracia que sería fuente e inspiración para muchísimos otros pueblos en todos los continentes; pero se derrumbaron asimismo multitud de murallas que separaban las distintas capas sociales de Francia.

Subieron al poder los que antes, eran súbditos. Socialmente se organizaron los estamentos de muy distinta forma, pero en medio de todo hubo una subversión enorme de valores que alcanzaron desde lo más elementalmente humano hasta lo substancialmente sobrenatural. Para concretarlo de una forma que no deje lugar a dudas y discusiones, bastará decir que si la corona de los reyes fue sustituida por un gorro frigio en la cabeza de una mujer, esta misma mujer, en forma de razón, sustituyó al mismo Dios en los altares. En el discurrir histórico de esta revolución, la más completa que ha sufrido indudablemente el mundo civilizado, tuvo que sufrir la Iglesia católica en todos sus organismos, jerarquías y fieles una tremenda sacudida. Habrá podido haber revoluciones más sangrientas, de más largas y complejas consecuencias, en la Edad Moderna, no.

Y si la vida de la Santa no la hemos de circunscribir a los años de su vida física, sino que debemos proyectarla en el desarrollo de su obra apostólica, es forzoso dar Siquiera una idea del alcance que ha tenido la Revolución Francesa, aun después de terminar su primer período de violencias sangrientas y turbulencias callejeras.

Si históricamente, en un sentido más estricto, empezó con la reunión de los Estados generales en 1789 y terminó diez años después, cuando Bonaparte da el golpe de Estado ayudado por el partido de los moderados y se apodera del poder, en su sentido de influencia ideológica y especialmente antirreligiosa no podemos olvidar que fue en 1900 cuando empieza el gran y definitivo ataque contra la religión con los decretos sectarios del Ministerio Waldk-Rousseau, llevados por Combes hasta sus últimas consecuencias.

Entre estas dos fechas, sintetizando, se declaran los derechos del hombre, la supresión de los derechos feudales y los diezmos eclesiásticos, se decreta la libertad de cultos, la secularización de los bienes eclesiásticos, se suprimen, poco a poco, todos los conventos religiosos, se prohiben los votos solemnes, se extinguen gran número de parroquias y diócesis, se ponen en manos del gobierno los nombramientos eclesiásticos, se obliga a todos a jurar la Constitución Isica y sectaria, se prohibe el uso del hábito talar, son guillotinados, entre miles y miles de ciudadanos, el rey y la reina, se inventa un calendario civil, se prohibe el culto católico y se proclama la divinidad de la razón.

En dos años de terror, la guillotina no deja de funcionar diariamente, a la cual van a parar también algunos de los que la inventaron. Setenta y cinco obispos sufren el destierro. Después de un período de relativa calma, se reanuda la persecución, siendo el mismo Napoleón quien más vejámenes, aunque no sangrientos, impone a la Iglesia, atreviéndose incluso con la misma persona del Romano Pontífice, obligándole a actos humillantes y poniendo sobre su persona su mano. Aunque en su tiempo se llegó a un concordato, prácticamente no fue cumplido nunca.

Dentro de este cuadro tan poco halagador y propicio para la santidad de los individuos y la prosperidad de una obra apostólica, se desarrolló la vida de la Santa y los primeros pasos de su congregación religiosa de la Sagrada Familia, con unas cuantas casas en nuestra Patria, pero muchísimas en Francia, sus colonias y otras en tierra de paganos e infieles, todas ellas con indudable prestigio, por el espíritu que anima a sus asociadas y la formación humana y sobrenatural que dan a sus alumnas, aparte del bien inmenso que realizan por sus fundaciones en bien de los pobres, los ancianos, niñas extraviadas y presos.

Nació nuestra Santa el día 6 de septiembre de 1787 en la casa con aires de castillo que su padre poseía en el Aveyron, Francia, cerca del pueblo de Drouelles. En la fachada del edificio campea el escudo de los Rodat: de oro, encina plantada de sínople, aljefe de azul cargado de tres ruedas de plata. No menos nobles eran sus familiares maternos, los Pomairols, oriundos del Delfinado, con residencias en Villafranca de Rouergue, señores del castillo de Ginals, situado en un montecillo rodeado de bosques y muy cerca de aquella población, con parientes a pocos kilómetros de distancia en distintos castillos repartidos por el mismo valle de Aveyron. No eran menos virtuosos. "Soy de familia de santos", pudo decir en verdad la Santa, en la autobiografía que escribió por mandato de su confesor, ya que, con ella, algunos otros miembros de esta familia murieron en olor de santidad.

Si en algunas de estas nobles residencias que la Santa tuvo necesidad de conocer y frecuentar encontró ocasiones que pusieron en peligro su vocación religiosa, de nada de cuanto vio e hizo en ellas tuvo que arrepentirse como de menos honesto. Si de algo se lamenta es porque el tiempo allí pasado retrasó su total consagración a Dios y al apostolado. Pero fueron precisamente su abuela materna y dos tías, aparte de los ejemplos que en su propia casa pudo admirar, las que más le ayudaron en su primera infancia y luego en su juventud a conocer las delicias de la vida de piedad y los consuelos que reporta el cuidado de los pobres. Cuando se anunció en su casa, siendo ella muy pequeña, el nacimiento de un nuevo hermano, la abuela materna se la trajo a su castillo de Rouergue y a su casa de Villafranca, constituyéndose por espacio de largo tiempo en su madre y maestra, misión que realizó a la perfección desde todos los puntos de vista y que sólo interrumpió cuando, crecida ya la niña y despierta a las influencias del mundo, comprendió que era la propia madre quien debía asumir la responsabilidad en la decisión final que para encauzar definitivamente su vida debiera tomar Emilia.

Los trastornos de la Revolución Francesa, con la complejidad de sus consecuencias de que hemos hablado al principio, llegaron con más o menos violencia a todas partes, y especialmente a los hogares de los nobles. Aunque con menos violencia que otros muchos, las dos familias ascendientes de la Santa sufrieron sus zarpazos en forma de registros, deportaciones de varones, expoliación de bienes, etcétera. Asimismo, las alternativas de orden político y social, consecuencias lógicas de toda revolución, con sus intermitencias de paz, turbulencias, intranquilidades y remansos, repercutían en el tono de vida que se desarrollaba en aquellas mansiones señoriales. De una vida austera, de recogimiento y de miedo, se pasaba de pronto a una excesiva confianza, despreocupación y alegría.

Todo ello, como es natural, debía influir en la infancia y juventud de la Santa pasando de días de soledad y aislamiento a fiestas, saraos y diversiones; de no ver casi a nadie, a contemplarse rodeada y asediada de familiares y amigos de su abuela y tías. Así tuvo la fortuna de tener para sí sola a un padre dominico refugiado en aquellos alrededores que la pudo preparar a conciencia para recibir por primera vez la sagrada comunión; pero, por la misma razón, también tuvo que asistir a presenciar escenas que la abrieron los ojos a la vida mundana. Recibió las obsequiosas deferencias de jóvenes de su clase y edad, que se sintieron atraídos por su porte señorial, por la serenidad, velada, por una pincelada de tristeza de su rostro, la hermosura de sus ojos, el color de sus cabellos y la predisposición de su corazón a todo lo que era bueno y hermoso; pero Dios hizo que esos jóvenes, de la misma forma que aparecieron, se esfumaran luego sin volver a aparecer jamás.

Sus titubeos entre la piedad y el mundo, entre la vida religiosa y un posible matrimonio, con alternativas en que los dos espíritus se apuntaban avances y retrocesos, duraron hasta los dieciocho años, cuando, como hemos dicho antes, su abuela decidió que la joven regresara a su hogar paterno. Fue allí, en una especie de misión que tuvo lugar en su pueblo, y a la que nuestra Santa asistía, más que por ganas de aprovechar, para no desentonar y dar un mal ejemplo, cuando precisamente pasaba por un estado de pesimismo espiritual muy peligroso que el Señor la llamó definitivamente para sí. Hizo una sincera y general confesión; se comprometió con propósitos firmes; reanudó su vida piadosa y vio la luz que debía iluminar para siempre toda su vida. Su vocación en favor del prójimo necesitado se le presenta ya como un imperativo al que no puede renunciar. Su vida debe transcurrir fuera de su propio hogar, pero ¿a dónde irá? ¿Al claustro?, ¿se dedicará a la enseñanza?, ¿cuidará de los pobres?, ¿ayudará a las jóvenes descarriadas?, ¿ingresará en alguna de las congregaciones religiosas existentes o creará una nueva?

Enterada su abuela del cambio operado en su nieta, la quiere otra vez consigo, y así como fue allí donde recibió por primera vez al Señor, también allí encontró al que, dirigiendo su alma, la llevaría, por un camino recto, al conocimiento de su santa voluntad. Frecuentaba el castillo el abate Marthy, hombre de santidad e inteligencia superior; bajo su dirección, ordenó su vida, disipó sus incertidumbres y fundó la congregación de la Sagrada Familia, que hermanaría la clausura con el apostolado vario y hermoso de la enseñanza, de la caridad, protección de jóvenes, cuidado de presos, etc.

Empezó su apostolado entre las jóvenes de su edad, compañeras que la Providencia le deparó, y entre las cuales echó las primeras simientes de su congregación; practicó la enseñanza de las niñas pobres alrededor de alguna enferma a la que iba a visitar; se compadeció de los sufrimientos y abandonos de los presos e influyó para que mejoraran de vida algunas jóvenes que se habían extraviado.

Mientras ejercía todas estas obras de apostolado no sabía qué congregación escoger, o si en definitiva debería ingresar en alguna Orden de clausura. Llamó a diversas puertas, se relacionó con distintas superioras, hasta que, finalmente, su director espiritual, viendo claro su camino, redactó los estatutos por los cuales debería regirse en el futuro la congregación de la Sagrada Familia.

Fueron treinta y tres años llenos de continuo caminar para fundar, abrir escuelas, levantar casas, inyectar esperanzas, formar hijas y dejar el arbusto de los primeros días convertido en frondoso árbol de raíces profundas y de exuberante vida con ramaje majestuoso y tan amplio para dar sombra a todas las necesidades y con fuerzas sobradas para resistir todos los ataques del infierno.

No era nuestra Santa ni robusta ni sobrada de salud. Varias, incómodas y dolorosas enfermedades la aquejaron durante esos treinta y tres años sin interrupción. Acudió a los médicos cuando se lo mandaron, descansó sólo cuando se vio necesariamente obligada a ello, pero nunca soñó con alargar un día más su vida, aunque alguien le insinuara la contrariedad que supondría para la congregación su ausencia. Sus dolencias de garganta y nariz le impedían a veces respirar. Poco antes de morir quedó completa e incurablemente sorda; el estómago, durante mucho tiempo, apenas le toleraba los más ligeros alimentos, y la pérdida misteriosa de recetas que la aliviaban le imposibilitaba no raras veces el consuelo.

Tampoco se libró de las sequedades del espíritu tan frecuentes en los grandes santos, pues cuando menos lo esperaba renacían en su alma los titubeos y las dudas, acrecentadas especialmente por la división entre sus hijas de las dedicadas al apostolado y a las de clausura. Un año largo le duró la noche obscura del alma.

Hemos aludido a un velo de tristeza que caracterizaba sus rasgos fisionómicos y que era, desde luego, manifestación de la inclinación de su espíritu. Ya tuvo que luchar contra ello su propia abuela, la cual, a veces, le cogía la barbilla y la obligaba a mirarla de frente hasta que se sonriera. La experiencia debió enseñarle cuán peligrosa es la tristeza para la vida religiosa y por ello, insistía frecuentemente en sus casas de formación para que se educara a novicias y a las niñas en la alegría espiritual. De haber sido abandonada, hubiera sido un tantillo perezosa, vicio que expone al hombre a todos los demás. Para combatirlo llenó todos los momentos del día en alguna ocupación. Era de natural fogoso y muy susceptible, pero los principios que vio en torno suyo y la experiencia de los desgraciados días de la revolución fueron suficientes para desterrar por completo todo lo que pudo parecer empaque y sentido de superioridad.

La oración y, en concreto, el ejercicio de la meditación, según ella misma confiesa, se apoderaron desde niña de las facultades de su alma, y para ello, sin la menor dificultad, se dio a tal ejercicio diariamente por espacio de media o de una hora. Tuvo también una especie de instinto en buscarse pronto amigas dotadas de espíritu parecido, de tal forma que dirá de aquellos días: "Tiempo bendito, tú fuiste para mi alma uno de los grandes beneficios de mi vida".

Entre sus devociones preferidas, junto con la oración de que hemos hablado, sobresalen en su juventud la práctica de la misa diaria y del Viacrucis. "Tan penetrada estaba de Dios, decía, que siempre me hubiera quedado con Él, máxime en la iglesia; allí su presencia me absorbía hasta el punto que nada veía y oía en torno mío". De esa práctica de pasar casi todo el día del domingo en la iglesia, junto con una de sus piadosas amigas, deriva el consejo y casi obligación que da a sus religiosas, para que dediquen el domingo por completo a la oración y a los intereses del alma. Combate el espíritu jansenista que prohibía frecuentar los sacramentos bajo capa de una estúpida humildad. "El demonio, decía, comienza por hacernos descuidar una cosa, luego otra, y poco a poco haría que lo dejáramos todo si le escucháramos. Sólo Dios basta." Aunque prefería seguir los impulsos de la gracia, no ignoró nunca la utilidad de un director y rezó ininterrumpidamente hasta encontrar al abate Marthy. Llamaba a la Virgen la Divina Pastora, y, bajo esta advocación, dirigió especialmente toda una sencilla y completa teoría pedagógica para conquistarse la confianza de sus hijas.

Se sintió madre, y como tal, ni la desanimaban los defectos de las postulantes y novicias ni toleraba que se tomaran como indicios de falta de vocación. Enseñaba el catecismo por medio de ejemplos y grabados y hacía prácticas las visitas a los pobres, uniendo a la limosna y entrega de trapillos y enseres los consejos de orden espiritual. "Pertenecer a Dios, no tener más preocupación que agradarle, es la cosa mejor que se puede hacer; Dios es celoso; pero con celo amable, y así consuela a quienes mira, y con Él no se teme la inconstancia." Las contradicciones y las enfermedades no la abatieron nunca, y solía decir: "Atravesaré hasta por lo imposible, ya que la contradicción es el sello más autentico de las obras de Dios".

A las que criticaban la falta de la imagen del Crucificado en la cruz que distingue su hábito, contestaba que "ahora eran ellas las que debían estar crucificadas".

Cuando se creyó que la enfermedad de la nariz y de la garganta podían degenerar en cáncer, dijo: "Aun cuando tuviera diez cánceres, no sería tanto como tener un solo pecado mortal". "Cuando se padece una enfermedad, hay que estar dispuesto uno a sufrir sus humillaciones." Era humana y no carecía del sentido del humor. La primera noche pasada en la primera fundación, dice ella: "La pasamos alegres, aun cuando con penuria de cosas terrenas, lo que no impidió que cenáramos con excelente apetito". Su noche obscura fue tan terrible que llegó a comprender, decía, "el suplicio del alma réproba, separada de Dios". Sin embargo, nunca le asediaron pensamientos impuros ni animosidad contra nadie.

"Para alcanzar la gracia de conocer a Jesús pobre y humillado, practicaremos la pobreza y la humildad y nunca seremos verdaderas hijas de este Divino Corazón si no nos ponemos en estado de víctimas."

La Sagrada Familia, bajo cuya advocación puso su Congregación, es una trinidad en la tierra, imagen viva de la Trinidad del cielo. El alimento de sus hijas tiene que ser abundante y substancioso, pero no exquisito, sin embargo, quería en la práctica de la pobreza gran amplitud de espíritu, para no caer en otros vicios tan peligrosos como el afán de poseer. Muy aficionada a la mortificación interna, no impuso penitencia alguna corporal, pero las religiosas están facultadas para darse a ellas con los permisos de su confesor y superiora. No hay en el horario que prescribe a sus religiosas nada extraordinario, más bien un sentido de santa libertad, facilidad de ejercicios, seguridad de devociones y petición del patrocinio a muchísimos santos. "Hay que estudiar, decía, las ciencias profanas, como lo piden las necesidades de los fieles, pero después de haberse asimilado la religión. Es indispensable el conocimiento del Antiguo y Nuevo Testamento."

No era celosa, ni de que se abrieran casas de otras congregaciones religiosas ni de nuevas devociones que iban surgiendo en Francia. Amaba a su Patria, por la cual lloraba y rezaba. Respetaba la libertad individual, por lo que ordenaba que no se hablara sino raras veces a las jóvenes de la vocación religiosa. Más que reprender, observaba. Era indulgente, hacía caso omiso de las diabluras sin consecuencias y prohibía a las religiosas que colaboraran con los trabajos de las alumnas, para que sus padres no las creyeran más instruidas de lo que en realidad fueran. Era, en suma, una perfecta pedagoga. Antes de despedir a una alumna, decía a la religiosa: "Bien, yo la autorizo, con tal, empero, de que me asegure que no se va a perder en el mundo". Su finalidad suprema era evitar las ofensas a Dios, llevarle almas o preservarlas de las emboscadas. Cuidó a los presos y alivió a los ancianos. Se enamoró de la obra de la Santa Infancia, de la cual. decía: "Quisiera que no hubiera nadie en el mundo que amara a la Santa Infancia más de lo que yo la amo".

A las novicias las formaba examinando primero con gran cuidado tales vocaciones, sin consideración alguna al talento, nacimiento o fortuna. Comprendía de tal forma a los corazones, que a una novicia desanimada y triste la obligó, hasta que todo pasara, a traerle diariamente flores a su celda, animándola cada día con su sonrisa.

Entre las virtudes humanas y divinas de sus religiosas destacan la sencillez, franqueza de corazón, obediencia, paz, puntualidad, devoción a los santos, frecuencia de sacramentos, oración por los sacerdotes, especialmente en tiempo de ordenaciones, prohibición de juzgarlos, poco locutorio, amor al trabajo, renuncia de los deseos de la naturaleza, no mirar nunca atrás, afición a los cantos sagrados, benignidad con las enfermas, desprecio por ciertas tentaciones, una flor diaria a la Virgen Santísima, amor a la vida oculta de San José, peregrinaciones espirituales a los santuarios principales de Francia y del mundo, conocimiento y amor de la liturgia, etc.

Entre enseñanzas y prácticas, santificarse y trabajar, de forma tan ejemplar, es natural que entre ella y su Divino Esposo se estableciera una corriente mutua de atracción, que culminó en sus últimos instantes. Agotada por sus enfermedades, pero gigante de espíritu, el tránsito la encontró completamente despejada y en perfectas condiciones para pensar y amar. Cantaban sus religiosas la Salve Regina en la capilla de su casa matriz y ella besaba el crucifijo de su rosario. La sombra de tristeza de su rostro se convirtió en sonrisa de paz celestial. Cuando, en vida, la obligaron a posar para que un artista le hiciera su retrato, al intentar sonreír como se le aconsejaba, salieron de sus ojos abundantes lágrimas. Ahora, a la vista de su Esposo, sonrió sin esfuerzo. Era la primera hora de la tarde del 19 de septiembre de 1852.

Fue beatificada por Pío XII el 9 de junio de 1940 y canonizada por el mismo Papa el 23 de abril de 1950.

jueves, 18 de septiembre de 2014

San Juan Macías. Místico de Caridad

Nació Juan en Rivera del Fresno (Badajoz), en la agreste Extremadura, el 2 de marzo de 1585, de padres de noble estirpe, aunque decaídos en la fortuna.

Desde muy niño sufre los reveses de la vida: a la edad de cuatro años pierde a su padre, y poco tiempo después fallece su madre. En su aflicción Juan recurre al Cielo, y es escuchado con creces. Una mañana, mientras apacentaba el rebaño de sus tíos, ve a su lado a un niño que le dijo ser San Juan Evangelista “encargado por Dios de tu custodia” y le anuncia que algún día lo llevaría “a tierras muy remotas y lejanas, donde se han de erigir en tu honor templos y altares”.

Largo peregrinaje hasta Lima
Hasta los veinte años Juan llevó la vida sencilla, recogida y relativamente oculta de un pastor. A esa edad marchó a Sevilla —entonces la ciudad más comercial e inquieta de España— donde entró al servicio de un mercader que se disponía a partir al Nuevo Mundo. Después de muchos preparativos embarca definitivamente hacia América en 1619 y tras cuarenta días de navegación arriba a Cartagena de Indias, donde queda sin empleo. Decide entonces seguir a Lima por tierra. Atravesando de Norte a Sur la Nueva Granada, sube después a Quito y llega finalmente a la Ciudad de Los Reyes, tras un largo y penoso viaje de cuatro meses y medio, en el cual recorrió novecientas leguas, unas a pie, otras en mula, entre las mayores angustias y fatigas.

La fuerza irresistible del llamado de Dios
En Lima, se empleó en labores de campo por un par de años en las afueras de la capital, hasta que conoció interiormente que el Señor le llamaba para servirle en la Orden de los Predicadores. Fue admitido como hermano lego en el convento recoleto de Santa María Magdalena (actual Plaza Francia) y, terminado el año de prueba, hizo su profesión solemne el 23 de enero de 1623, consagrándose desde entonces sin reservas a Dios y a sus hermanos más necesitados.

Fue designado para el oficio de portero, que desempeñó con tanta excelencia que transformó la portería —tantas veces lugar de disipación y de ocio— en el teatro de su ardiente caridad y celoso apostolado.

Sentía mayor propensión al retiro y la soledad que a la conversación y la comunicación con los demás, según le confesó al Padre Maestro Ramírez: “si no lo ocupase la obediencia, nadie le habría visto jamás la cara”. Pero el oficio de portero, en el que perseveró por más de veinte años, contrariando su inclinación natural, le servía de continuo ejercicio de la obediencia, y por esto lo desempeñaba con tanto placer y alegría, como empeño y dedicación.

Su íntima unión con Dios se revelaba en hechos extraordinarios. Por ejemplo, mientras se celebraba la misa conventual, no tenía necesidad de ir al coro ni a la iglesia para ver y adorar a Jesús Sacramentado, porque en el momento de la elevación, podía contemplarlo milagrosamente desde la portería, aunque lo separaban del altar tres o cuatro muros compactos.

Sencillo y profundo, era frecuentemente consultado no sólo por las personas principales de la ciudad, sino por el propio Virrey Don Pedro de Toledo y Leyva, Marqués de Mancera, quien en 1643 ungió a la Santísima Virgen del Rosario —venerada en la iglesia de Santo Domingo— como Patrona y Protectora de los Reinos del Perú.

“Fray Juan, Fray Juan, ¿a dónde vas?”
Una noche en que un fuerte temblor de tierra sorprendió a Lima, la Comunidad estaba rezando el oficio en el coro, mientras San Juan Masías oraba en la capilla de Nuestra Señora del Rosario. El primer sacudón hizo que los religiosos corrieran fuera de la iglesia a refugiarse en el jardín del claustro, lugar tenido por menos peligroso. También él comenzó a huir, cuando le detuvo la Virgen llamándolo desde su altar: —“Fray Juan, Fray Juan, ¿a dónde vas?” —“Señora”, respondió él, “voy huyendo como los demás del rigor de vuestro Hijo Santísimo”. A lo cual replicó María: —“Regresa y quédate tranquilo que aquí estoy yo”. Obedeció el siervo de Dios, y retomando su oración pidió a la Virgen se compadeciese del pueblo cristiano. Al punto cesó el terremoto, y levantando el santo los ojos a la imagen, su protectora, vio su rostro radiante y con celestiales resplandores que iluminaban toda la capilla.

Elevada oración, insigne caridad
A las cinco de la mañana, después de tocar al alba, abría fray Juan la despensa donde guardaba los comestibles destinados a los pobres y los llevaba personalmente a la cocina, disponiendo todo lo necesario para el almuerzo. Cuando algo faltaba, él mismo se encargaba de suplirlo. Hacia el mediodía, iniciaba la distribución del sustento a los necesitados.

A los sacerdotes y a otras personas honorables, decaídas por la adversa fortuna de una posición holgada, les atendía en un comedor especial y secreto, donde les preparaba con limpieza y esmero dos grandes mesas, y les servía de rodillas. A otros “pobres vergonzantes” (quienes por su condición social no podían mostrarse como mendigos) les enviaba en secreto la comida, junto con copiosas limosnas. Y a los enfermos les mandaba también medicinas y lenitivos.

Mientras tanto, otra turba famélica invadía en tropel los umbrales del convento. Salía entonces fray Juan con cuatro grandes ollas y le daba a cada uno su ración con un cucharón de madera, hasta dejar a todos satisfechos y contentos. Su inmensa caridad llegaba aún a socorrer, fuera de la portería, a huérfanos, viudas, ancianos y otros desamparados, con hasta doscientas raciones.

A pesar de ser tantísimos los concurrentes, a ninguno le faltaba el sustento necesario, ni se producía el menor desorden. Esta abundancia no se explica sin milagro: antes de comenzar a ingerir los alimentos, Juan hacía rezar a todos y luego echaba, a nombre de Dios, la bendición con la cuchara; y el Señor multiplicaba imperceptiblemente, tanto cuanto fuera necesario, la comida en las ollas.

Severidad contra el pecado
Sostenía nuestro Santo, sin embargo, que “no es digna de recibir limosna la persona que ofende a Dios”. A cierta mujer que pretendía excusar su conducta pecaminosa con la pobreza que sufría, el siervo de Dios se negó a socorrerla “hasta que se enmendase”, repulsa que la llevó al arrepentimiento y consecuente cambio de vida.

Cuando llegaba a su conocimiento alguna ofensa inferida al Sumo Bien, se entristecía, se afligía y sollozaba diciendo: “¿Cuándo terminarán, Señor, tantos pecados?”

El prodigioso borrico proveedor
Todos los días fray Juan solía enviar por las plácidas calles limeñas de entonces a un borriquillo cargado de dos grandes cestos, sin conductor ni guía, con el encargo de recoger las limosnas para sus pobres. El animalito se desempeñaba ejemplarmente, dirigiéndose a los lugares indicados, en el orden señalado. Al llegar a la puerta de cada comercio o vivienda, no se movía hasta que el dueño o un empleado pusiese en las canastas el donativo acordado, luego de lo cual proseguía su camino. De este modo atravesaba el borrico toda la ciudad, pasando por la plaza, el mercado y las casas de los devotos. Como éstos ya lo conocían, le llenaban a raudal los cestos con víveres y no faltaba quien dejaba algunas monedas. Nadie se atrevió jamás a quitarle nada, porque el jumento sabía muy bien defender a coces y mordiscos las limosnas recogidas.

¡Un millón de almas liberadas del purgatorio!
Juan tenía la costumbre de rezar todas las noches, de rodillas, el Rosario completo. Una parte la ofrecía por las almas del Purgatorio, otra por los religiosos, y la tercera, por sus parientes, amigos y benefactores.

Oraba el Santo en la capilla de Nuestra Señora del Rosario, cuando de pronto una mano dio un golpe sobre el altar. Sobresaltado, vio a su lado una sombra rodeada de llamas que le dijo: “Soy Fray Juan Sayago, que acabo de morir y necesito muchísimo de tus oraciones y auxilios; para que, satisfaciendo con ellos a la divina justicia, salga de estas penas expiatorias”, con lo cual desapareció. Vivió este fraile en el Convento del Santísimo Rosario, contiguo a la Iglesia de Santo Domingo, habiendo expirado a la misma hora en que se le apareció a nuestro Santo.

A la cuarta noche, hallándose Juan postrado en el mismo altar, se le volvió a aparecer el alma de aquel fraile, ahora luminosa, para decirle que gracias a sus oraciones y penitencias la Virgen lo había sacado del Purgatorio y llevado a gozar de la bienaventuranza eterna. A la hora de su muerte, obligado por la obediencia, Juan Masías confesó haber liberado durante su vida a un millón cuatrocientas mil almas.

Frecuentes levitaciones y éxtasis
Cabe mencionar un hecho acaecido en 1638, narrado por su biógrafo el Padre Cipolletti: Entrando por la noche en la iglesia un novicio, temblando y con una candela en la mano, por miedo del cadáver de don Pedro de Castilla que acababa de ser enterrado, al llegar al ábside del altar mayor, donde solía Juan orar todas las noches, topó el joven con su frente mientras subía las gradas, las rústicas sandalias del Santo que estaba elevado en dulcísimo arrobamiento.

El inexperto novicio, imaginando fuese el espectro del difunto, se atemorizó tanto, que dio un fuerte alarido, echó a correr, se accidentó y cayó. Al grito acudieron dos religiosos, quienes lo encontraron tendido en tierra y quemándose el hábito con la candela que debía prender las velas del altar para Maitines; lo alzaron en peso y lo llevaron a la cama. Sin embargo, ambos observaron que no obstante el estrépito nuestro Juan continuaba en el aire absorto enteramente en Dios. En cuanto al novicio, cayó gravemente enfermo y se asegura que el mismo Santo, con su oración lo sanó, de modo que en adelante no tuvo más miedo de los muertos.

Nuestro Santo predijo no pocas vicisitudes a las familias, como la caída de su vivienda a una y la pobreza a otra. Y en cuanto a los milagros, se sabe que salvó la vida a una niña cuyas piernas habían sido despedazadas por las ruedas de un coche; y, a un negro esclavo llamado Antón que se resbaló y fue a dar de cabeza al fondo de un pozo de gran profundidad.

El cronista Fray Juan Meléndez así lo describe: “Era de mediano cuerpo, el rostro blanco, las facciones menudas, de frente ancha, algo combada, partida con una vena gruesa que desde el nacimiento del cabello, del que era moderadamente calvo, descendía el entrecejo, las cejas pobladas, los ojos modestos y alegres, la nariz algo aguileña, las mejillas enjutas y rosadas, la barba espesa y negra”.

Su celda-habitación era pobrísima. Una tarima de madera cubierta con un cuero de buey le servía de cama, una frazada a los pies, una silla rústica para sentarse y un cajón viejo que usaba como ropero para guardar sus contadas pertenencias. Su único adorno era una imagen pintada sobre lienzo de Nuestra Señora de Belén que tenía a la cabecera de la cama.

Extenuadas sus fuerzas por el mismo fervor que lo iba consumiendo poco a poco, y por una vida siempre mortificada y penitente, no menos que por las continuas fatigas y frecuentes enfermedades que padecía, rindió su hermosa alma al Creador, el 16 de setiembre de 1645, a la edad de 60 años. Fue beatificado por Gregorio XVI el 22 de octubre de 1837 y canonizado por Paulo VI el 28 de setiembre de 1975.

San José de Cupertino

José nació en 1603 en el pequeño pueblo italiano llamado Cupertino. Sus padres eran sumamente pobres. El niño vino al mundo en un pobre cobertizo pegado a la casa, porque el papá, un humilde carpintero, no había podido pagar las cuotas que debía de su casa y se la habían embargado.

Murió el papá, y entonces la mamá, ante la situación de extrema pobreza en que se hallaba, trataba muy ásperamente al pobre niño y este creció debilucho y distraído. Se le olvidaba hasta comer. A veces pasaba por las calles con la boca abierta mirando tristemente a la gente, y los vecinos le pusieron por sobrenombre el "boquiabierta". Las gentes lo despreciaban y lo creían un poca cosa. Pero lo que no sabían era que en sus deberes de piedad era extraordinariamente agradable a Dios, el cual le iba a responder luego de maneras maravillosas.

A los 17 años pidió ser admitido de franciscano pero no fue admitido. Pidió que lo recibieran en los capuchinos y fue aceptado como hermano lego, pero después de ocho meses fue expulsado porque era en extremo distraído. Dejaba caer los platos cuando los llevaba para el comedor. Se le olvidaban los oficios que le habían puesto. Parecía que estaba siempre pensando en otras cosas. Por inútil lo mandaron para afuera.

Al verse desechado, José buscó refugio en casa de un familiar suyo que era rico, pero él declaró que este joven "no era bueno para nada", y lo echó a la calle. Se vio entonces obligado a volver a la miseria y al desprecio de su casa. La mamá no sintió ni el menor placer al ver regresar a semejante "inútil", y para deshacerse de él le rogó insistentemente a un pariente que era franciscano, para que recibieran al muchacho como mandadero en el convento de los padres franciscanos.

Sucedió entonces que en José se obró un cambio que nadie había imaginado. Lo recibieron los padres como obrero y lo pusieron a trabajar en el establo y empezó a desempeñarse con notable destreza en todos los oficios que le encomendaban. Pronto con su humildad y su amabilidad, con su espíritu de penitencia y su amor por la oración, se fue ganando la estimación y el aprecio de los religiosos, y en 1625, por votación unánime de todos los frailes de esa comunidad, fue admitido como religioso franciscano.

Lo pusieron a estudiar para presentarse al sacerdocio, pero le sucedía que cuando iba a presentar exámenes se trababa todo y no era capaz de responder. Llegó uno de los exámenes finales y el pobre Fray José la única frase del evangelio que era capaz de explicar completamente bien era aquella que dice: "Bendito el fruto de tu vientre Jesús". Estaba asustadísimo pero al empezar el examen, el jefe de los examinadores dijo: "Voy a abrir el evangelio, y la primera frase que salga, será la que tiene que explicar". Y salió precisamente la única frase que el Cupertino se sabía perfectamente: "Bendito sea el fruto de tu vientre".

Llegó al fin el examen definitivo en el cual se decidía quiénes sí serían ordenados. Y los primeros diez que examinó el obispo respondieron tan maravillosamente bien todas las preguntas, que el obispo suspendió el examen diciendo: ¿Para qué seguir examinando a los demás si todos se encuentran tan formidablemente preparados?" y por ahí estaba haciendo turno para que lo examinaran, el José de Cupertino, temblando de miedo por si lo iban a descalificar. Y se libró de semejante catástrofe por casualidad.

Ordenado sacerdote en 1628, se dedicó a tratar de ganar almas por medio de la oración y de la penitencia. Sabía que no tenía cualidades especiales para predicar ni para enseñar, pero entonces suplía estas deficiencias ofreciendo grandes penitencias y muchas oraciones por los pecadores. Jamás comía carne ni bebía ninguna clase de licor. Ayunaba a pan y agua muchos días. Se dedicaba con gran esfuerzo y consagración a los trabajos manuales del convento (que era para lo único que se sentía capacitado).

Desde el día de su ordenación sacerdotal su vida fue una serie no interrumpida de éxtasis, curaciones milagrosas y sucesos sobrenaturales en un grado tal que no se conocen en cantidad semejante con ningún otro santo. Bastaba que le hablaran de Dios o del cielo para que se volviera insensible a lo que sucedía a su alrededor. Ahora se explicaban por que de niño andaba tan distraído y con la boca abierta. Un domingo, fiesta del Buen Pastor, se encontró un corderito, se lo echó al hombro y al pensar en Jesús, Buen Pastor, se fue elevando por los aires con cordero y todo.

Los animales sentían por él un especial cariño. Pasando por el campo, se ponía a rezar y las ovejas se iban reuniendo a su alrededor y escuchaban muy atentas sus oraciones. Las golondrinas en grandes bandadas volaban alrededor de su cabeza y lo acompañaban por cuadras y cuadras.

Sabemos que la Iglesia Católica llama éxtasis a un estado de elevación del alma hacia lo sobrenatural, durante lo cual la persona se libra momentáneamente del influjo de los sentidos, para contemplar lo que pertenece a la divinidad. San José de Cupertino quedaba en éxtasis con mucha frecuencia durante la Santa Misa, cuando estaba rezando los salmos de la S. Biblia. Durante los 17 años que estuvo en el convento de Grotella sus compañeros de comunidad presenciaron 70 éxtasis de este santo. El más famoso sucedió cuando 10 obreros deseaban llevar una pesada cruz a una montaña y no lo lograban. Entonces Fray José se elevó por los aires con cruz y todo y la llevó hasta la cima del monte.

Como estos sucesos tan raros podían producir movimientos de exagerado fervor entre el pueblo, los superiores le prohibieron celebrar misa en público, ir a rezar en comunidad con los demás religiosos, asistir al comedor cuando estaban los otros ahí, y concurrir a otras sesiones públicas de devoción.

Cuando estaba en éxtasis lo pinchaban con agujas, le daban golpes con palos y hasta le acercaban a sus dedos velas encendidas y no sentía nada. Lo único que lo hacía volver en sí era oír la voz de su superior que lo llamaba a que fuera a cumplir con sus deberes. Cuando regresaba de sus éxtasis pedía perdón a sus compañeros diciéndoles: "Excúsenme por estos ‘ataques de mareo’ que me dan".

En la Iglesia han sucedido levitaciones a más de 200 santos. Consisten en elevar el cuerpo humano desde el suelo, sin ninguna fuerza física que lo esté levantando. Se ha considerado como un regalo que Dios hace a ciertas almas muy espirituales. San José de Cupertino tuvo numerosísimas levitaciones.

Un día llegó el embajador de España con su esposa y mandaron llamar a Fray José para hacerle una consulta espiritual. Este llegó corriendo. Pero cuando ya iba a empezar a hablar con ellos, vio un cuadro de la Virgen que estaba en lo más alto del edificio, y dando su típico pequeño grito se fue elevando por el aire hasta quedar frente al rostro de la sagrada imagen. El embajador y su esposa contemplaban emocionados semejante suceso que jamás habían visto. El santo rezó unos momentos, y luego descendió suavemente al suelo, y como avergonzado, subió corriendo a su habitación y ya no bajó más ese día.

En Osimo, donde el santo pasó sus últimos seis años, un día los demás religiosos lo vieron elevarse hasta una estatua de la Virgen María que estaba a tres metros y medio de altura, y darle un beso al Niño Jesús, y ahí junto a la Madre y al Niño se quedó un rato rezando con intensa emoción, suspendido por los aires.

El día de la Asunción de la Virgen en el año 1663, un mes antes de su muerte, celebró su última misa. Y estando celebrando quedó suspendido por los aires como si estuviera con el mismo Dios en el cielo. Muchos testigos presenciaron este suceso.

Muchos enemigos empezaron a decir que todo eso eran meros inventos y lo acusaban de engañador. Fue enviado al Superior General de los Franciscanos en Roma y este al darse cuenta que era tan piadoso y tan humilde, reconoció que no estaba fingiendo nada. Lo llevaron luego donde el Sumo Pontífice Urbano VIII, el cual deseaba saber si era cierto o no lo que le contaban de los éxtasis y las
levitaciones del frailecito. Y estando hablando con el Papa, quedó José en éxtasis y se fue elevando por el aire. El Duque de Hannover, que era protestante, al ver a José en éxtasis se convirtió al catolicismo.
El Papa Benedicto XIV que era rigurosísimo en no aceptar como milagro nada que no fuera en verdad milagro, estudió cuidadosamente la vida de José de Cupertino y declaró: "Todos estos hechos no se pueden explicar sin una intervención muy especial de Dios".
Los últimos años de su vida, José fue enviado por sus superiores a conventos muy alejados donde nadie pudiera hablar con él. La gente descubría donde estaba y corrían hacia allá. Entonces lo enviaban a otro convento más apartado aún. El sufrió meses de aridez y sequedad espiritual (como Jesús en Getsemaní) pero después a base de mucha oración y de continua meditación, retornaba otra vez a la paz de su alma. A los que le consultaban problemas espirituales les daba siempre un remedio:
"Rezar, no cansarse nunca de rezar. Que Dios no es sordo, ni el cielo es de bronce. Todo el que pide, recibe".
Murió el 18 de septiembre de 1663 a la edad de 60 años.

Que Dios nos enseñe con estos hechos tan maravillosos, que Él siempre enaltece a los que son humildes y los llena de gracias y bendiciones.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

San Roberto Belarmino. Cardenal y Doctor de la Iglesia

Roberto significa: "el que brilla por su buena fama". (Ro: buena fama. Bert: brillar). Belarmino quiere decir: "guerrero bien armado". (Bel: guerrero. Armin: armado).

Este santo ha sido uno de los más valientes defensores de la Iglesia Católica contra los errores de los protestantes. Sus libros son tan sabios y llenos de argumentos convencedores, que uno de los más famosos jefes protestantes exclamó al leer uno de ellos: "Con escritores como éste, estamos perdidos. No hay cómo responderle".

San Roberto nació en Monteluciano, Toscana (Italia), en 1542. Su madre era hermana del Papa Marcelo II. Desde niño dio muestras de poseer una inteligencia superior a la de sus compañeros y una memoria prodigiosa. Recitaba de memoria muchas páginas en latín, del poeta Virgilio, como si las estuviera leyendo. En las academias y discusiones públicas dejaba admirados a todos los que lo escuchaban. El rector del colegio de los jesuitas en Montepulciano dejó escrito: "Es el más inteligente de todos nuestros alumnos. Da esperanza de grandes éxitos para el futuro".

Por ser sobrino de un Pontífice podía esperar obtener muy altos puestos y a ello aspiraba, pero su santa madre lo fue convenciendo de que el orgullo y la vanidad son defectos sumamente peligrosos y cuenta él en sus memorias: "De pronto, cuando más deseoso estaba de conseguir cargos honoríficos, me vino de repente a la memoria lo muy rápidamente que se pasan los honores de este mundo y la cuenta que todos vamos a tener que darle a Dios, y me propuse entrar de religioso, pero en una comunidad donde no fuera posible ser elegido obispo ni cardenal. Y esa comunidad era la de los padres jesuitas". Y así lo hizo. Fue recibido de jesuita en Roma en 1560, y detalles de los misterios de Dios: él entraba a esa comunidad para no ser elegido ni obispo ni cardenal (porque los reglamentos de los jesuitas les prohibían aceptar esos cargos) y fue el único obispo y cardenal de los Jesuitas en ese tiempo.

Uno de los peores sufrimientos de San Roberto durante toda la vida fue su mala salud. En él se cumplía lo que deseaba San Bernardo cuando decía: "Ojalá que los superiores tengan una salud muy deficiente, para que logren comprender a los débiles y enfermos". Cada par de meses tenían que enviar a Roberto a las montañas a descansar, porque sus condiciones de salud eran muy defectuosas. Pero no por eso dejaba de estudiar y de prepararse.

Ya de joven seminarista y profesor, y luego como sacerdote, Roberto Belarmino atraía multitudes con sus conferencias, por su pasmosa sabiduría y por la facilidad de palabra que tenía y sus cualidades para convencer a los oyentes. Sus sermones fueron extraordinariamente populares desde el primer día. Los oyentes decían que su rostro brillaba mientras predicaba y que sus palabras parecían inspiradas desde lo alto.

Belarmino era un verdadero ídolo para sus numerosos oyentes. Un superior enviado desde Roma para que le oyera los sermones que predicaba en Lovaina, escribía luego: "Nunca en mi vida había oído hablar a un hombre tan extraordinariamente bien, como habla el padre Roberto".

Era el predicador preferido por los universitarios en Lovaina, París y Roma. Profesores y estudiantes se apretujaban con horas de anticipación junto al sitio donde él iba a predicar. Los templos se llenaban totalmente cuando se anunciaba que era el Padre Belarmino el que iba a predicar. Hasta se subían a las columnas para lograr verlo y escucharlo.

Al principio los sermones de Roberto estaban llenos de frases de autores famosos, y de adornos literarios, para aparecer como muy sabio y literato. Pero de pronto un día lo enviaron a hacer un sermón, sin haberle anunciado con anticipación, y él sin tiempo para prepararse ni leer, se propuso hacer esa predicación únicamente con frases de la S. Biblia (la cual prácticamente se sabía de memoria) y el éxito fue fulminante. Aquel día consiguió más conversiones con su sencillo sermoncito bíblico, que las que había obtenido antes con todos sus sermones literarios. Desde ese día cambió totalmente su modo de predicar: de ahora en adelante solamente predicará con argumentos tomados de la S. Biblia, no buscando aparecer como sabio, sino transformar a los oyentes. Y su éxito fue asombroso.

Después de haber sido profesor de la Universidad de Lovaina y en varias ciudades más, fue llamado a Roma, para enseñar allá y para ser rector del colegio mayor que los Padres Jesuitas tenían en esa capital. Y el Sumo Pontífice le pidió que escribiera un pequeño catecismo, para hacerlo aprender a la gente sencilla. Escribió entonces el Catecismo Resumido, el cual ha sido traducido a 55 idiomas, y ha tenido 300 ediciones en 300 años (una por año) éxito únicamente superado por la S. Biblia y por la Imitación de Cristo. Luego redactó el Catecismo Explicado, y pronto este su nuevo catecismo estuvo en las manos de sacerdotes y catequistas en todos los países del mundo. Durante su vida logró ver veinte ediciones seguidas de sus preciosos catecismos.
Se llama controversia a una discusión larga y repetida, en la cual cada contendor va presentando los argumentos que tiene contra el otro y los argumentos que defienden lo que él dice.

Los protestantes (evangélicos, luteranos, anglicanos, etc.) habían sacado una serie de libros contra los católicos y estos no hallaban cómo defenderse. Entonces el Sumo Pontífice encomendó a San Roberto que se encargara en Roma de preparar a los sacerdotes para saber enfrentarse a los enemigos de la religión. El fundó una clase que se llamaba "Las controversias", para enseñar a sus alumnos a discutir con los adversarios. Y pronto publicó su primer tomo titulado así: "Controversias". En ese libro con admirable sabiduría, pulverizaba lo que decían los evangélicos y calvinistas. El éxito fue rotundo. Enseguida aparecieron el segundo y tercer tomo, hasta el octavo, y los sacerdotes y catequistas de todas las naciones encontraban en ellos los argumentos que necesitaban para convencer a los protestantes de lo equivocados que están los que atacan nuestra religión. San Francisco de Sales cuando iba a discutir con un protestante llevaba siempre dos libros: La S. Biblia y un tomo de las Controversias de Belarmino. En 30 años tuvieron 20 ediciones estos sus famosos libros. Un librero de Londres exclamaba: "Este libro me sacó de pobre. Son tantos los que he vendido, que ya se me arregló mi situación económica".

Los protestantes, admirados de encontrar tanta sabiduría en esas publicaciones, decían que eso no lo había escrito Belarmino solo, sino que era obra de un equipo de muchos sabios que le ayudaban. Pero cada libro lo redactaba él únicamente, de su propio cerebro.
El Santo Padre, el Papa, lo nombró obispo y cardenal y puso como razón para ello lo siguiente: "Este es el sacerdote más sabio de la actualidad".

Belarmino se negaba a aceptar tan alto cargo, diciendo que los reglamentos de la Compañía de Jesús prohiben aceptar títulos elevados en la Iglesia. El Papa le respondió que él tenía poder para dispensarlo de ese reglamento, y al fin le mandó, bajo pena de pecado mortal, aceptar el cardenalato. Tuvo que aceptarlo, pero siguió viviendo tan sencillamente y sin ostentación como lo había venido haciendo cuando era un simple sacerdote.

Al llegar a las habitaciones de Cardenal en el Vaticano, quitó las cortinas lujosas que había en las paredes y las mandó repartir entre las gentes pobres, diciendo: "Las paredes no sufren de frío".

Los superiores Jesuitas le encomendaron que se encargara de la dirección espiritual de los jóvenes seminaristas, y San Roberto tuvo la suerte de contar entre sus dirigidos, a San Luis Gonzaga. Después cuando Belarmino se muera dejará como petición que lo entierren junto a la tumba de San Luis, diciendo: "Es que fue mi discípulo".

En los últimos años pedía permiso al Sumo Pontífice y se iba a pasar semanas y semanas al noviciado de los Jesuitas, y allá se dedicaba a rezar y a obedecer tan humildemente como si fuera un sencillo novicio.

En la elección del nuevo Sumo Pontífice, el cardenal Belarmino tuvo 14 votos, la mitad de los votantes. Quizá no le eligieron por ser Jesuita (pues estos padres tenían muchos enemigos). El rezaba y fervorosamente a Dios para que lo librara de semejante cargo tan difícil, y fue escuchado.

Poco antes de morir escribió en su testamento que lo poco que tenía se repartiera entre los pobres (lo que dejó no alcanzó sino para costear los gastos de su entierro). Que sus funerales fueran de noche (para que no hubiera tanta gente) y se hicieran sin solemnidad. Pero a pesar de que se le obedeció haciéndole los funerales de noche, el gentío fue inmenso y todos estaban convencidos de que estaban asistiendo al entierro de un santo.

Murió el 17 de septiembre de 1621. Su canonización se demoró mucho porque había una escuela teológica contraria a él, que no lo dejaba canonizar. Pero el Sumo Pontífice Pío XI lo declaró santo en 1930, y Doctor de la Iglesia en 1931.

martes, 16 de septiembre de 2014

San Cornelio y San Cipriano, Mártires


A San Cipriano y San Cornelio, les rogamos que rueguen a Dios, para que
los que somos seguidores de Cristo,
no sintamos nunca vergüenza de ser cristianos,
proclamemos siempre y en todas partes
con palabras y buenas obras
nuestra santa religión.

San Cornelio. Papa. Año 253.

Cornelio significa: "fuerte como un cuerno".

Este Pontífice fue martirizado en la persecución del emperador Decio en el año 253.


Su Pontificado se vió amargado por la rebelión de un hereje llamado Novaciano que proclamaba que la Iglesia Católica no tenía poder para perdonar pecados y que por lo tanto el que alguna vez hubiera renegado de su fe, nunca más podía ser admitido en la Santa Iglesia.
El hereje afirmaba también que ciertos pecados como la fornicación e impureza y el adulterio, no podían ser perdonados jamás. El Papa Cornelio se le opuso y declaró que si un pecador se arrepiente en verdad y quiere empezar una vida nueva de conversión, la Santa Iglesia puede y debe perdonarle sus antiguas faltas y admitirlo otra vez entre los fieles. A San Cornelio lo apoyaron San Cipriano desde Africa y todos los demás obispos de occidente.
El gobierno del perseguidor Decio lo desterró de Roma y a causa de los sufrimientos y malos tratos que recibió, murió en el destierro, como un mártir.

San Cipriano. Obispo de Cartago. Año 258.

Este fue el Santo más importante del Africa y el más brillante de los obispos de este continente, antes de que apareciera San Agustín.

Había nacido en el año 200 en Cartago (norte de Africa) y se dedicó a la labor de educador, conferencista y orador público. Tenía una inteligencia privilegiada, una gran habilidad para hablar en público, y una personalidad brillante y simpática que le conseguía un impresionante ascendiente sobre los demás.
Llegado a la mayoría de edad se convirtió al cristianismo por el ejemplo y las palabras de un santo sacerdote llamado Cecilio. Se hizo bautizar y una vez bautizado hizo el juramento de permanecer siempre casto, y de no contraer matrimonio (celibato se llama a este modo de vivir). A las gentes les llenó de admiración el tal voto o juramento, porque esto no se acostumbraba en aquellos tiempos.
Desde su conversión, descubrió Cipriano que la S. Biblia contiene tesoros maravillosos de buenas enseñanzas y se dedicó con toda su brillante inteligencia a estudiar este Libro Santo y a leer los comentarios que los antiguos santos habían escrito, respecto de la Sagrada Escritura. Hizo el sacrificio de renunciar a sus literatos mundanos que tanto le agradaban antes, y en adelante ya nunca citará ni siquiera una frase de un autor que no sea cristiano católico. Escribió un comentario acerca del Padrenuestro, tan bello, que hasta ahora no ha sido superado por otro autor.
Fue ordenado sacerdote, y en el año 248 al morir el obispo de Cartago, el pueblo y los sacerdotes aclamaron a Cipriano como el más digno para ser el nuevo obispo de la ciudad.
El se resistía y quería huir o esconderse, pero al fin se dio cuenta de que era inútil oponerse al querer popular y aceptó tan importante cargo, diciendo: "Me parece que Dios ha expresado su voluntad por medio del clamor del pueblo y de la aclamación de los sacerdotes". Y llegó a ser el más importante de todos los obispos que tuvo Cartago.
Un escritor de ese tiempo dejó este retrato de la bondad y venerabilidad de Cipriano: "Era majestuoso y venerable, inspiraba confianza a primera vista y nadie podía mirarle sin sentir veneración hacia él. Tenía una agradable mezcla de alegría y venerabilidad, de manera que los que lo trataban no sabían qué hacer más: si quererlo o venerarlo, porque merecía el más grande respeto y el mayor amor".
En el año 251 el emperador Decio decreta una terrible persecución contra los cristianos. Le interesaba sobre todo acabar con los obispos y destruir los libros sagrados. Y para que el mal a la religión sea mayor invita a todos los que quieren renegar de la religión cristiana a que quemen incienso ante los dioses y ya con eso quedan perdonados. Muchísimos caen en esta trampa, y con tal de no perder sus bienes, su libertad y su vida misma, queman incienso ante las imágenes de los ídolos paganos, y reniegan de la santa religión. El mal es inmenso.
Cipriano, con gran prudencia, viendo que lo que primero buscan es acabar con todos los jefes de la Iglesia, huye y se esconde, pero desde su escondite envía continuas cartas a los creyentes invitándolos a no abandonar la religión por nada en la vida. Los paganos recorren las calles de Cartago gritando: "Pedimos que Cipriano sea echado a los leones". Pero no lo lograron encontrar para echarlo a las fieras.
Hubo un corto período de paz y Cipriano volvió a su cargo de obispo. Pero encontró que algunos aceptaban sin más en la Iglesia a los que habían apostatado de la religión, sin exigirles hacer penitencia de ninguna clase. Se opuso a esta relajación y en adelante a todo renegado que quiso volver a la Iglesia le exigió que hiciera antes cierto tiempo de penitencia. Así preparaba a los creyentes para que en las próximas persecuciones no se dejaran dominar por el miedo y no renegaran tan fácilmente de sus creencias. Muchos se oponían a esta severidad, pero era necesaria para prevenir el peligro de apostatías en la próxima persecución que ya se avecinaba. Y sucedió que cuando vinieron después las más espantables persecuciones, los cristianos prefirieron morir antes que quemar incienso a los dioses de los paganos. Y fueron mártires gloriosos.
El año 252, llega la peste de tifo negro a Cartago y empiezan a morir cristianos por centanares y quedan miles de huérfanos. El obispo Cipriano se dedica a repartir ayudas a los que han quedado en la miseria. Vende todo lo más valioso que hay en su casa episcopal, y pronuncia unos de los sermones más bellos que se han compuesto en la Iglesia Católica acerca de la limosna. Todavía hoy al leer tan emocionantes sermones, siente uno un deseo inmenso de dedicarse a ayudar a los necesitados. Sus oyentes se conmovieron al escucharle tan impresionantes enseñanzas y fueron generosísimos en auxiliar a las víctimas de la epidemia.
El año 257 el emperador Valeriano decretó una violentísima persecución contra los cristianos. Pena de destierro para todo creyente que asistiera a un acto de culto cristiano, y pena de muerte para cualquier obispo o sacerdote que se atreviera a celebrar una ceremonia religiosa. A Cipriano le decretan en el año 157 pena de destierro, pero como donde quiera que vaya sigue celebrando ceremonias religiosas, en el año 258 le decretan pena de muerte. Se conservan las actas de la última audiencia que los jueces le hicieron para condenarlo al martirio. Son muy interesantes. Dicen así:
El juez: El emperador Valeriano ha dado órdenes de que no se permite celebrar ningún otro culto, sino el de nuestros dioses. ¿Ud. Qué responde?
Cipriano: Yo soy cristiano y soy obispo. No reconozco a ningún otro Dios, sino al único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra. A El rezamos cada día los cristianos.
El 14 de septiembre una gran multitud de cristianos se reunió frente a la casa del juez. Este le preguntó al mártir: "¿Es usted el responsable de toda esta gente?
Cipriano: Si, lo soy.
El juez: El emperador le ordena que ofrezca sacrificios a los dioses.
Cipriano: No lo haré nunca.
El juez: Píenselo bien.
Cipriano: Lo que le han ordenado hacer, hágalo pronto. Que en estas cosas tan importantes mi decisión es irrevocable, y no va a cambiar.
El juez Valerio consultó a sus consejeros y luego de mala gana dictó esta sentencia: "Ya que se niega a obedecer las órdenes del emperador Valeriano y no quiere adorar a nuestros dioses, y es responsable de que todo este gentío siga sus creencias religiosas, Cipriano: queda condenado a muerte. Le cortarán la cabeza con una espada".
Al oír la sentencia, Cipriano exclamó: ¡Gracias sean dadas a Dios!
Toda la inmensa multitud gritaba: "Que nos maten también a nosotros, junto con él", y lo siguieron en gran tumulto hacia el sitio del martirio.
Al llegar al lugar donde lo iban a matar Cipriano mandó regalarle 25 monedas de oro al verdugo que le iba a cortar la cabeza. Los fieles colocaron sábanas blancas en el suelo para recoger su sangre y llevarla como reliquias.
El santo obispo se vendó él mismo los ojos y se arrodilló. El verdugo le cortó la cabeza con un golpe de espada. Esa noche los fieles llevaron en solemne procesión, con antorchas y cantos, el cuerpo del glorioso mártir para darle honrosa sepultura.
A los pocos días murió de repente el juez Valerio. Pocas semanas después, el emperador Valeriano fue hecho prisionero por sus enemigos en una guerra en Persia y esclavo prisionero estuvo hasta su muerte.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Nuestra Señora, Virgen Dolorosa

Los siete dolores de la Santísima Virgen que han suscitado mayor devoción son: la profecía de Simeón, la huida a Egipto, los tres días que Jesús estuvo perdido, el encuentro con Jesús llevando la Cruz, su Muerte en el Calvario, el Descendimiento, la colocación en el sepulcro.

Simeón había anunciado previamente a la Madre la oposición que iba a suscitar su Hijo, el Redentor. Cuando ella, a los cuarenta días de nacido ofreció a su Hijo a Dios en el Templo, dijo Simeón: "Este niño debe ser causa tanto de caída como de resurrección para la gente de Israel. Será puesto como una señal que muchos rechazarán y a ti misma una espada te atravesará el alma" (Lc 2,34).

El dolor de María en el Calvario fue más agudo que ningún otro en el mundo, pues no ha habido madre que haya tenido un corazón an tierno como el de la Madre de Dios. Cómo no ha habido amor igual al suyo. Ella lo sufrió todo por nosotros para que disfrutemos de la gracia de la Redención. Sufrió voluntariamente para demostrarnos su amor, pues el amor se prueba con el sacrificio.
No por ser la Madre de Dios pudo María sobrellevar sus dolores sino por ver las cosas desde el plan de Dios y no del de sí misma, o mejor dicho, hizo suyo el plan de Dios. Nosotros debemos hacer lo mismo. La Madre Dolorosa nos echará una mano para ayudarnos.

La devoción a los Dolores de María es fuente de gracias sin número porque llega a lo profundo del Corazón de Cristo. Si pensamos con frecuencia en los falsos placeres de este mundo abrazaríamos con paciencia los dolores y sufrimientos de la vida. Nos traspasaría el dolor de los pecados.
La Iglesia nos exhorta a entregarnos sin reservas al amor de María y llevar con paciencia nuestra cruz acompañados de la Madre Dolorosa. Ella quiere de verdad ayudarnos a llevar nuestras cruces diarias, porque fue en le calvario que el Hijo moribundo nos confió el cuidado de su Madre. Fue su última voluntad que amemos a su Madre como la amó Él.

La Palabra de Dios
"Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! - a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones.»
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones.
Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él. Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua.
Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaría en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca." Lc 2, 34-45

"Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando." Lc 2, 48

"Vosotros, todos los que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante al dolor que me atormenta," Lam 1, 12.